En un viaje a Japón conocí el trabajo de los profesores Kazuyoshi Tateyama y Tetsuo Yoshimoto, de la Universidad de Ritsumeikan. Ellos estudiaron un problema que en ese país dejó de ser una hipótesis: cómo sostener la industria de la construcción cuando la población disminuye y sus trabajadores envejecen.

En Chile todavía tratamos la disponibilidad de mano de obra en la construcción como un problema principalmente cíclico. La experiencia japonesa obliga a considerar una causa más profunda: en las próximas décadas habrá menos personas disponibles para ingresar al mercado laboral.

El ejercicio que presentan es simple y, precisamente por eso, inquietante. A partir de la estructura por edades de la fuerza laboral de 2021, proyectaron que el número de trabajadores de la construcción japonesa podría pasar de 4,03 millones a cerca de 2,15 millones en treinta años. Es decir, casi 1,9 millones de personas menos: una caída de 46,7%.

Los propios autores advierten que no se trata de una predicción estricta, porque el cálculo no incorpora entradas ni salidas de trabajadores desde otros sectores. Pero la dirección del fenómeno es difícil de discutir. El Ministerio de Tierras, Infraestructura, Transporte y Turismo de Japón confirmó en 2025 que el número de trabajadores calificados seguiría descendiendo y que la caída podría situarse entre 7% y 8% cada cinco años.

Proyección de trabajadores de la construcción en Japón entre 2021 y 2051

Figura 1. Proyección demográfica simple de trabajadores de la construcción en Japón. Fuente: Tateyama y Yoshimoto, Universidad de Ritsumeikan, sobre datos e-Stat 2021. El escenario no incorpora movimientos de personas entre industrias.

Chile todavía no es Japón, pero la señal ya apareció

Durante años miramos el envejecimiento demográfico como un problema lejano, propio de economías desarrolladas. Esa comodidad terminó.

En mayo de 2026, el Instituto Nacional de Estadísticas informó que en 2025 nacieron 146.446 personas en Chile, 46,9% menos que en 1993. La tasa global de fecundidad llegó a 0,99 hijos por mujer, por primera vez bajo la barrera de un hijo.

Conviene precisar el dato. No significa que cada mujer chilena tenga hoy 0,99 hijos. Es un indicador sintético que estima cuántos hijos tendría una mujer si durante su vida fértil se mantuvieran las tasas observadas en cada edad. Aun con esa precisión, el mensaje no cambia: las generaciones que ingresarán al mercado laboral serán más pequeñas.

Evolución de la tasa global de fecundidad en Chile entre 1993 y 2025

Figura 2. Chile se mantiene bajo el nivel de reemplazo desde 1998. Fuente: INE, Estadísticas Vitales y Estimaciones y Proyecciones de Población. Los valores de 2024 y 2025 son provisionales.

La nueva proyección de población del INE, base 2024 estima que la población total alcanzaría su máximo en 2035 y comenzaría a disminuir desde 2036. Más relevante para las empresas: el número de personas entre 15 y 64 años empezaría a caer desde 2035. Hacia 2050, ese grupo representaría 55,1% de la población, frente a 62,7% en 2026.

En otras palabras, el problema que Japón ya enfrenta comenzará a presionar a Chile durante la vida profesional de quienes hoy están entrando a la universidad.

La construcción chilena ya está envejeciendo

No necesitamos esperar diez años para ver el primer efecto. Un estudio de CIEDESS y OTIC CChC mostró que los trabajadores de 50 años o más pasaron de representar 26,6% de la fuerza laboral de la construcción en 2010 a 34,6% en abril de 2024. En el mismo período, la participación de jóvenes entre 15 y 29 años cayó de 22,5% a 15,4%.

Cambio en la composición etaria de los trabajadores de la construcción en Chile entre 2010 y 2024

Figura 3. La base de trabajadores jóvenes se reduce mientras aumenta el peso de los mayores de 50 años. Fuente: CIEDESS y OTIC CChC.

El riesgo no es solo cuantitativo. En construcción, una parte importante del conocimiento permanece en las personas: cómo resolver una interferencia, anticipar una falla, organizar una cuadrilla o adaptar una secuencia frente a condiciones reales de obra. Cuando un maestro experimentado se retira sin que ese aprendizaje haya sido convertido en un estándar, una lección documentada o una forma de trabajo replicable, la empresa no pierde únicamente a una persona. Pierde capacidad productiva.

El antiguo modelo de transmisión maestro-aprendiz se está debilitando al mismo tiempo que disminuye la entrada de jóvenes. Si no formalizamos la transferencia de conocimiento, la escasez de mano de obra vendrá acompañada por una escasez de experiencia.

Contratar más personas no será una estrategia suficiente

La respuesta tradicional de la construcción frente a un aumento de demanda ha sido sumar cuadrillas. Esa lógica supone que siempre habrá personas disponibles, con las competencias necesarias y dispuestas a ingresar a una actividad exigente. Los datos muestran que esa base se está estrechando.

Incorporar a más mujeres, jóvenes, migrantes y trabajadores senior será indispensable. También habrá que mejorar salarios, seguridad, estabilidad, formación y condiciones laborales para hacer más atractiva la industria. Pero ampliar la oferta de personas no resolverá por sí solo un problema demográfico de largo plazo.

El punto de fondo es otro: Chile deberá construir viviendas, infraestructura y ciudades con una fuerza laboral relativamente menor. Eso obliga a elevar el valor producido por cada hora de trabajo. No se trata de pedir a las personas que corran más. Se trata de eliminar esperas, retrabajos, traslados innecesarios, decisiones tardías y variabilidad evitable.

Lean debe convertirse en el sistema operativo de la obra

Aquí Lean Construction deja de ser una colección de herramientas para especialistas. Se transforma en una capacidad estratégica.

Lean permite estabilizar el flujo de producción, identificar restricciones antes de que detengan la obra, coordinar compromisos confiables y convertir el aprendizaje diario en estándares. Su propósito no es reducir dotaciones para mejorar un resultado de corto plazo. Es liberar capacidad: conseguir que el tiempo y el conocimiento de las personas se concentren en producir valor.

La tecnología, por sí sola, no corrige un proceso mal diseñado. Digitalizar una espera crea una espera digital. Automatizar una secuencia inestable multiplica el desorden. Por eso, Lean debe articular la industrialización, BIM, la planificación colaborativa, la inteligencia artificial y la automatización. Primero se entiende y mejora el flujo; luego se aplican las herramientas donde resuelven una restricción concreta.

Lo mismo ocurre con la industrialización. Como he planteado al analizar el valor financiero de construir más rápido y la necesidad de vincular la industrialización con un modelo de negocio, una tecnología crea valor cuando mejora el sistema completo, no cuando se instala de manera aislada.

La Comisión Nacional de Evaluación y Productividad concluyó que, sin importar el indicador utilizado, la productividad de la construcción chilena es inferior al promedio de la OCDE y al resto de nuestra economía. Persistir con la misma forma de producir, pero con menos personas disponibles, no es continuidad: es pérdida de capacidad.

La conversación que tuve con los estudiantes

En una conversación con estudiantes les planteé una idea incómoda: en treinta años, ellos seguirán activos y probablemente estarán dirigiendo empresas, proyectos e instituciones. No administrarán la abundancia de mano de obra que conocieron generaciones anteriores. Tendrán que resolver cómo construir más y mejor con menos personas disponibles.

Ese desafío no comienza en 2056. Las capacidades necesarias se forman hoy.

La demografía avanza lentamente, pero sus efectos son acumulativos. Esperar a que la escasez se convierta en crisis sería llegar tarde. Para la construcción chilena, la productividad dejó de ser una aspiración técnica. Es una condición de continuidad y competitividad.